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    sábado, 12 de enero de 2019

    Tú eres mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección

    Tú eres mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección
    ¡Buenos días, gente buena!
    Fr. Arturo Ríos Lara, ofm.
    El Bautismo del Señor C
    Evangelio: Lc 3,15-16.21-22:

    Como el pueblo estaba a la expectativa y todos se preguntaban si Juan no sería el Mesías, él tomó la palabra y les dijo: «Yo los bautizo con agua, pero viene uno que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias; él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego. 
    Todo el pueblo se hacía bautizar, y también fue bautizado Jesús. Y mientras estaba orando, se abrió el cielo, y el Espíritu Santo descendió sobre él en forma corporal, como una paloma. Se oyó entonces una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección».
    Palabra del Señor.

    La fiesta del Bautismo del Señor cierra el tiempo de Navidad y nos desvela su sentido profundo: de hecho, hoy la Palabra nos invita a fijar la mirada sobre el Hijo, ya no un niño, sino ahora en el umbral de su “vida pública”
    Su bautismo, en u  cierto sentido abre la puerta de la vida de Jesús y mientras él sale para manifestar el motivo de su venida en la carne de nuestra humanidad, su misión, nosotros podemos entrar en el “misterio” que él ha venido a revelar: “el cielo se abrió”, dice el Evangelio hoy, es decir, se inaugura un tiempo de comunión nueva entre el cielo y la tierra, entre Dios y los hombres. El Hijo predilecto es la puerta abierta que poniendo en comunicación el cielo y la tierra, desvela al mismo tiempo Dios al hombre y el hombre a sí mismo.

    La fiesta del Bautismo del Señor nos revela hasta qué punto Dios haya asumido nuestra humanidad y al mismo tiempo nos muestra en el Hijo el modelo de nuestra humanidad (la colecta de hoy nos invita a pedir “vivir como fieles imitadores de tu Hijo predilecto”): Él ha “bajado” abrazando toda nuestra humanidad para que nosotros pudiéramos vivir su misma vida, para que su humanidad pudiera hacerse la nuestra.

    La encarnación es un momento en que “desciende” el amor de Dios para  ”elevar” al amado, al hombre, a la altura de la dignidad de hijo de Dios. Esto es lo que ha sucedido en nuestro bautismo y que la fiesta de hoy renueva en cada uno de nosotros.

    Hoy vemos que Jesús inicia su ministerio público con un gesto desconcertante. El primer gesto del Mesías esperado no es un milagro, no es un discurso solemne, no es una gloriosa revelación, sino el  bautismo de Juan, un gesto de conversión que Jesús coparte con todos los que se acercan al Jordán con el Bautista. Se trata de un gesto de compartir total de nuestra humanidad necesitada de salvación.

    Si, Jesús comienza su ministerio en solidaridad completa con una humanidad pecadora que busca caminos de conversión. Es un gesto de humillación y de asunción de todo lo humano: el evangelista Lucas nos presenta a Jesús que baja las aguas del Jordán después de todo el pueblo (“todo el pueblo se hacía bautizar, y también fue bautizado Jesús…”) como el último de los pecadores, inmerso en las aguas cargadas con los pecados de la humanidad para asumir al hombre en toda su debilidad y ”pecaminosidad”.
    Se trata de un tema muy querido también a la carta a los Hebreos donde se subraya ampliamente la solidaridad del Hijo con la humanidad...: “porque los hijos tienen en común la sangre y la carne, Cristo también se ha hecho partícipe para reducir a la impotencia mediante la muerte al que tiene el poder de la muerte”(Heb 2, 10-18) Jesús es nuestro hermano en humanidad (Heb 2, 11)
    Es hermoso que el evangelista no se detenga tanto sobre el momento del Bautismo de Jesús cuanto sobre lo que sigue: “estaba en oración”. El Hijo, solidario con la humanidad pecadora se pone en una relación abierta con el Padre. Su oración es el ”cielo abierto” que en seguida anuncia el evangelista. Es la posibilidad de una relación filial de total confianza en el Padre bueno y misericordioso (Ti 3, 4-7) abierta para todo hombre pecador.
    Y precisamente mientras Jesús está en oración después de su bautismo, el Padre lo reconoce como Hijo. No antes, cuando resonaban cantos de ángeles en su nacimiento, sino precisamente ahora en el momento en que el Hijo baja a las aguas de una humanidad herida por el pecado. Aquí el Padre lo “confiesa” como el “Hijo amado”, como lo fue Isaac para Abraham, el hijo en el que se encierra toda su alegría su complacencia. Jesús es el Hijo porque se ha hecho todo uno con el hombre. Yes el Hijo predilecto, el primogénito de una multitud de hermanos que Dios quiere llamar hijos (Rom8, 29).
    Si, el bautismo de Jesús es preludio de otro bautismo, el de la cruz (Lc 12, 50):aquí su solidaridad se hará total, hasta abrazar la muerte misma, el último límite del hombre. Entonces ahí se abrirá definitivamente el acceso al Padre para todo hombre: “el velo del templo se rasgó por la mitad” y todo hombre podrá entrar en el Reino, podrá escuchar sobre de sí la voz del Padre que dice “Tú eres mi Hijo, el amado”.
    ¡Feliz Domingo!
    ¡Paz y Bien!




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    1 comentarios:

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