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    sábado, 17 de noviembre de 2018

    El Señor está cerca: nuevo y vital, como la primavera.

    ¡Buenos días, gente buena!
    Fr. Arturo Ríos Lara, ofm.
    XXXIII Domingo Ordinario B
    Evangelio
    Mc 13, 24-32
    En ese tiempo, después de esta tribulación, el sol se oscurecerá, la luna dejará de brillar, las estrellas caerán del cielo y los astros se conmoverán.
    Y se verá al Hijo del hombre venir sobre las nubes, lleno de poder y de gloria.
    Y él enviará a los ángeles para que congreguen a sus elegidos desde los cuatro puntos cardinales, de un extremo al otro del horizonte.
    Aprendan esta comparación, tomada de la higuera: cuando sus ramas se hacen flexibles y brotan las hojas, ustedes se dan cuenta de que se acerca el verano.
    Así también, cuando vean que suceden todas estas cosas, sepan que el fin está cerca, a la puerta.
    Les aseguro que no pasará esta generación, sin que suceda todo esto.
    El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.
    En cuanto a ese día y a la hora, nadie los conoce, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, nadie sino el Padre.
    Palabra del Señor.

    El Señor está cerca: nuevo y vital, como la primavera.
    Un evangelio sobre la crisis y, junto, sobre la esperanza, que no pretende meter miedo, nunca hay, según el Evangelio, un rostro de Dios que meta miedo.

    El universo es frágil en su gran belleza: en aquellos días el sol se oscurecerá, la luna se apagará, las estrellas caerán del cielo… Y sin embargo no es esta la última verdad de las palabras de Jesús: si cada día hay un mundo que muere, cada mañana hay también un mundo que nace, un retoño que despunta hojillas de higuera que anuncian el verano.

    Cuantas veces se ha apagado el sol, las estrellas se han caído a racimos de nuestro cielo, dejándonos vacíos, pobres, sin sueños: una desgracia, una desilusión, la muerte de una persona querida, una derrota en el amor. Fue necesario recomenzar, una paciencia infinita de volver a comenzar, mirar más allá del invierno, al verano que comienza con el casi nada, una yema en una rama, mirar la esperanza que viene a nosotros vestida de retazos para que le confeccionemos un vestido de fiesta.

    Jesús no ama el miedo (su humanísima pedagogía es simple: no tener miedo, no crear miedo, liberar del miedo), quiere relatar no el final sino el fin de la historia, su sentido. Dios está cercano, está aquí; hermoso, vital y nuevo, como la primavera del cosmos.

    Aprendan de la planta del higo: cuando sus ramas se ponen tiernas y despuntas los brotes de las hojas, saben que el verano está cerca. Jesús nos lleva a la escuela de las plantas, del higo, del retoño, porque las leyes del espíritu y las leyes profundas de la creación coinciden. Así, un árbol y sus yemas se convierten en personajes de una revelación. “Todo ser viviente, cada cosa, hasta el grano de polvo, es un mensaje de Dios”(Laudato Si’).

    Aprendan de la sabiduría de los árboles: cuando las ramas se hacen tiernas, el hacerse tierno de las ramas lo puedes percibir tocando: el ablandarse por la linfa que vuelve a hinchar sus pequeños canales no es al ojo que se revela, sino al tacto: acércate, toca con la mano. Los sentidos son nuestro radar para adentrarnos en la sabiduría del mundo. Toquen. Miren. Más aún, contemplen. Y despuntan las hojas: yemas pequeñas que el árbol empuja fuera, que irrumpen al sol y al aire como un mínimo parto, de dentro hacia afuera.

    Ustedes comprenden que el verano está cerca. En realidad las yemas indican la primavera, que en Palestina es brevísima, unos cuantos días y ya es el verano. Así también ustedes saben que él está cercano, a la puerta. De una yema de higo aprenden el futuro del mundo: que no se completa así como es, sino es algo que debe desarrollarse todavía más, y que debe ser entendido más en profundidad. El mundo es una realidad en germen, encaminada hacia una plenitud perfumada de frutos. De una yema aprendan el futuro de Dios: que está a la puerta y llama; viene no como un dedo que apunta, sino como un abrazo; no trayendo una condena sino un retoñar de vida.

    El Evangelio habla de estrellas que caen. Pero el profeta Daniel levanta la mirada: los sabios resplandecerán, los justos serán como estrellas para siempre, el cielo de la humanidad no estará nunca vacío y negro; hombres y mujeres justos y santos se encienden sobre toda la tierra, suben a la casa de las luces, iluminan los pasos de muchos. Son hombres y mujeres sedientos de justicia, de paz, de belleza. Y son muchos, son como las estrellas del cielo. Y todos juntos hojitas de primavera, del futuro bueno que viene.

    ¡Feliz Domingo!
    ¡Paz y Ben!





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