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    sábado, 27 de octubre de 2018

    También nosotros somos ciegos y mendigos, como Bartimeo


    También nosotros somos ciegos y mendigos, como Bartimeo
    ¡Buenos días, gente buena!
    Fr. Arturo Ríos Lara, ofm.
    XXX Domingo Ordinario B
    Evangelio: Marco 10,46-52
    Después llegaron a Jericó. Cuando Jesús salía de allí, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud, el hijo de Timeo –Bartimeo, un mendigo ciego– estaba sentado junto al camino. Al enterarse de que pasaba Jesús, el Nazareno, se puso a gritar: «¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!».
    Muchos lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más fuerte: «¡Hijo de David, ten piedad de mí!». Jesús se detuvo y dijo: «Llámenlo». Entonces llamaron al ciego y le dijeron: «¡Animo, levántate! El te llama».Y el ciego, arrojando su manto, se puso de pie de un salto y fue hacia él.
    Jesús le preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti?. El le respondió: «Maestro, que yo pueda ver». Jesús le dijo: «Vete, tu fe te ha salvado». En seguida comenzó a ver y lo siguió por el camino. 
    Palabra del Señor.

    También nosotros somos ciegos y mendigos, como Bartimeo. 
    Un mendigo ciego: el último de la fila, un náufrago de la vida, deshecho abandonado a la oscuridad en el polvo de un camino de Palestina. Luego, de pronto todo se pone en movimiento: pasa Jesús y es como un pequeño remolino, se reenciende el motor de la vida, sopla un viento de futuro.

    Bartimeo comienza a gritar: Jesús, ten piedad. Es entre todas, la plegaria más cristiana y evangélica, la más humana. Permanece en nuestra liturgia, en el sonido antiguo del 'Kirie eleison' o del 'Señor, ten piedad', confinada desafortunadamente en el espacio reductivo del acto penitencial. No se trata de perdón. Cuando rezamos así, como ciegos, mujeres o leprosos del Evangelio, deberíamos liberar en vuelo todo el espléndido imaginario que se contiene en esta fórmula, y que indica seno de madre, vida generada y parida de nuevo. La misericordia de Dios comprende todo lo que sirve para la vida del hombre.

    Bartimeo no pide piedad por sus pecados, sino para sus ojos apagados. Invoca al dador de vida en abundancia: muéstrate padre, siéntete madre de este hijo que ha naufragado, devuélveme a la luz!

    Las muchedumbre le hace muro a su grito. Cállate! Molestas! Terrible pensar que, ante Dios, el sufrimiento esté fuera de lugar, que el dolor pueda molestar. Pero, todavía ahora es así, hemos ritualizado la religión y un grito fuera de programa, molesta. Bueno, pero la vida es un fuera de programa continuo: la vida no es un rito. Hay en el hombre un gemido del que hemos tomado el alfabeto; un grito con el cual no alcanzamos a sintonizar. En cambio, el rabí escucha y responde. Y se libera toda la energía de la vida. Lo notamos por los gestos, casi excesivos. Bartimeo no habla, grita; no se quita el manto, lo avienta; no se levanta del suelo, sino que salta de pie. La fe lleva consigo un paso adelante, puertas que se abren, senderos al sol, un mucho más ilógico y hermoso. Creer es adquirir la belleza del vivir.

    Bartimeo sana como hombre antes que como ciego.. Sana en esa voz que lo acaricia: alguno se da cuenta de él, aunque sol con una voz amiga y él sale de su naufragio humano: el último comienza a redescubrirse como los demás. Ha sido llamado con amor y entonces su vida se enciende de nuevo, se pone en pie, se precipita incluso sin ver, hacia una voz, orientado por una palabra buena que todavía vibra en el aire. Escuchar que alguien nos ama nos hace muy fuertes.
    También nosotros nos orientamos en la vida como el ciego de Jericó, quizás sin ver claro, pero al eco de la Palabra de Dios, escuchada en el Evangelio, en la voz íntima que señala el camino, en los acontecimientos de la historia, en los signos de los tiempos y de los lugares, en el gemido y en el júbilo de la creación. Y que continúa sembrando ojos nuevos y luz nueva sobre la tierra.
    ¡Feliz Domingo!
    ¡Paz y Bien!




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    Articulo Revisado: También nosotros somos ciegos y mendigos, como Bartimeo Calificacion: 5 Revisado por: Fr. Arturo Ríos Lara
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