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    sábado, 18 de agosto de 2018

    La vida eterna ya está aquí, en la carne y en la sangre de Jesús.



    Fr. Arturo Ríos Lara, ofm
    ¡Buenos días, gente buena!
    ¡Paz y Bien!
    XX Domingo Ordinario B

    Evangelio

    Jn 6, 51-58

    En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo».

    Los judíos discutían entre sí, diciendo: «¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?».

    Jesús les respondió: «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes.

    El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.

    Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida.

    El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.

    Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí.

    Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente».

    Palabra del Señor


    Un Evangelio de solo ocho versículos, y Jesús repitiendo por ocho veces: el que come mi carne vivirá para siempre. Casi un ritmo encantador, una monotonía divina, en el estilo de san Juan que avanza por cercos concéntricos y ascendentes, como una espiral; como una piedra que se arroja en el agua y ves los cercos de las olas que se ensanchan siempre más. Por ocho veces, Jesús insiste en el por qué comer su carne: para, simplemente vivir, para vivir en verdad. Otra cosa es vivir, otra cosa es sólo sobrevivir. Es la apremiante certeza de parte de Jesús de poseer el secreto que cambia la dirección, el sentido, el sabor de la vida.

    El que come mi carne tiene la vida eterna. Con el verbo al presente: “tiene”, no “tendrá”. La vida eterna es una vida libre y auténtica, justa, que se levanta y no se rinde, que hace cosas que merecen no morir. Una vida como la de Jesús, capaz de amar como ninguno. Sangre y carne, palabras que indican la plena humanidad de Jesús, sus manos de carpintero con el olor de la madera, sus lágrimas, sus pasiones, sus abrazos, los pies ungidos de nardo y la casa que se llena de perfume y de amistad. Y aquí hay una sorpresa, una cosa imprevisible. Jesús no dice: tomen sobre ustedes mi sabiduría, coman mi santidad, lo sublime que hay en mí. En cambio, dice: tomen mi humanidad, mi modo de habitar la tierra y de vivir las relaciones como levadura de las suyas. Nútranse de mi modo de ser humano, como un niño que está todavía en el seno de la madre se nutre de su sangre.

    Jesús no está hablando del sacramento de la Eucaristía, sino del sacramento de su existencia: coman y beban cada gota y cada fibra de mí. Quiere que en nuestras venas corra el flujo cálido de su vida, que en el corazón ponga raíces su valor, su ánimo, para que nos encaminemos a vivir la existencia humana como él la ha vivido. Se ha hecho hombre para esto, para que el hombre se haga como Dios. Entonces, comer y beber a Cristo significa tomarlo como medida, levadura, energía. No ir a comulgar, sino hacernos nosotros sacramento de comunión. Entonces el movimiento fundamental no es nuestro caminar hasta él, en cambio, es él que viene hasta nosotros. El en camino, él, que recorre los cielos, él, feliz de verme llegar, que me dice: estoy contento de que estés aquí. Yo puedo solo recibirlo, sorprendido. Antes que yo diga: tengo hambre, él ha dicho: tomen y coman… me ha buscado, me ha esperado, y se da.

    Tomen, coman! Palabras que me sorprenden cada vez, como una declaración de amor: yo quiero estar en tus  manos como don, en tu boca como pan, en tu intimidad como sangre, hazme célula, respiro, pensamiento de ti. Tu vida.

    ¡Feliz Domingo!

    ¡Paz y Bien!




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    Articulo Revisado: La vida eterna ya está aquí, en la carne y en la sangre de Jesús. Calificacion: 5 Revisado por: Arturo Rios
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