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    sábado, 28 de julio de 2018

    La ley de la generosidad: el pan que se comparte no se termina

    La ley de la generosidad: el pan que se comparte no se termina
    Fr. Arturo Ríos Lara, OFM
    ¡Paz y Bien!

    ¡Buenos días, gente buena!
    XVII Domingo Ordinario B
    Jn 6, 1-15:
    Después de esto, Jesús atravesó el mar de Galilea, llamado Tiberíades. Lo seguía una gran multitud, al ver los signos que hacía curando a los enfermos. Jesús subió a la montaña y se sentó allí con sus discípulos. Se acercaba la Pascua, la fiesta de los judíos. Al levantar los ojos, Jesús vio que una gran multitud acudía a él y dijo a Felipe: «¿Dónde compraremos pan para darles de comer?». El decía esto para ponerlo a prueba, porque sabía bien lo que iba a hacer.
    Felipe le respondió: «Doscientos denarios no bastarían para que cada uno pudiera comer un pedazo de pan». Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo: «Aquí hay un niño que tiene cinco panes de cebada y dos pescados, pero ¿qué es esto para tanta gente?». Jesús le respondió: «Háganlos sentar». Había mucho pasto en ese lugar.
    Todos se sentaron y eran uno cinco mil hombres. Jesús tomó los panes, dio gracias y los distribuyó a los que estaban sentados. Lo mismo hizo con los pescados, dándoles todo lo que quisieron. Cuando todos quedaron satisfechos, Jesús dijo a sus discípulos: «Recojan los pedazos que sobran, para que no se pierda nada». Los recogieron y llenaron doce canastas con los pedazos que sobraron de los cinco panes de cebada.
    Al ver el signo que Jesús acababa de hacer, la gente decía: «Este es, verdaderamente, el Profeta que debe venir al mundo». Jesús, sabiendo que querían apoderarse de él para hacerlo rey, se retiró otra vez solo a la montaña.
    Palabra del Señor


    La ley de la generosidad: el pan que se comparte no se termina
    Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos pescados. Y, qué es esto para tanta gente? Aquel muchacho ha entendido todo, nadie le pide nada y el pone todo a disposición: la primera solución ante el hambre de cinco mil, aquella tarde en el lago, y siempre, es compartir. Y entonces, yo comienzo por mí, pongo mi parte, por poco que sea.

    Y Jesús, apenas le hablan de la poesía y el coraje de este muchacho, exclama: Hermanos, siéntense! Entonces sí que es posible comenzar a enfrentar el hambre. Cómo suceden ciertos milagros, nunca lo sabremos. Los hay y basta: los hay, cuando está de por medio la ley de la generosidad. Poco pan compartido entre todos es misteriosamente suficiente: en cambio, cuando yo tengo apretado mi pan para mí, entonces comienza el hambre.

    “En el mundo hay suficiente pan para el hambre de todos, pero insuficiente para la avidez de pocos” (Gandhi). El Evangelio ni siquiera habla de multiplicación sino de distribución, de un pan que no se termina. Y mientras distribuían, el pan no faltaba; y mientras pasaba de mano en mano, quedaba en cada mano.

    Jesús no ha venido a traer la solución a los problemas de la humanidad, sino a indicar la dirección. El cristiano está llamado a proporcionar al mundo levadura más que pan: a ofrecer ideales, motivaciones para actuar, a soñar que otro mundo es posible. A la mesa de la humanidad el evangelio no asegura mayores bienes económicos, sino una levadura de generosidad y de compartir, profecía de justicia. No pretende realizar una multiplicación de bienes materiales, sino dar un sentido, una dirección a los bienes para que se conviertan en sacramentos vitales.

    Jesús tomó el pan y después de da gracias lo dio a los que estaban sentados. Tres palabras benditas: tomar, dar gracias, dar. Nosotros no somos los dueños de las cosas. Si nos consideramos así, profanamos las cosas: el aire, el agua, la tierra, el pan, todo lo que encontramos, no es nuestro, es vida que viene como don de más allá, de antes de nosotros, y va más allá de nosotros.

    Pide cuidado y atención, como con el pan del milagro (“recojan las sobras para que nada se pierda… y llenaron doce canastos”), las cosas tienen una sacralidad, hay una santidad hasta en la materia, hasta en las migajas de la materia: nada debe perderse. El pan no es solo espiritual, representa todo lo que nos mantiene vivos, aquí y ahora.

    Y de esto el Señor se preocupa: “La religión no existe solo para preparar las almas para el cielo: Dios desea la felicidad para sus hijos también en esta tierra” (Evangelii gaudium 182). Danos, Señor, el pan el amor y la vida, porque para el pan, para el amor, para la vida, nos has creado.
    ¡Feliz Domingo!
    ¡Paz y Bien!
    Fr. Arturo Ríos Lara, OFM





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