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    domingo, 10 de junio de 2018

    Paz y bien: Jesús, fuera de los esquemas, hasta para sus parientes

    Fray Arturo Rios Lara OFM

    Fray Arturo Ríos Lara OFM
    ¡Buenos días, gente buena!
    X Domingo ordinario B

    Marcos 3, 20-35 Jesús regresó a la casa, y de nuevo se juntó tanta gente que ni siquiera podían comer. Cuando sus parientes se enteraron, salieron para llevárselo, porque decían: «Es un exaltado». Los escribas que habían venido de Jerusalén decían: «Está poseído por Belcebú y expulsa a los demonios por el poder del Príncipe de los Demonios».

     Jesús los llamó y por medio de comparaciones les explicó: «¿Cómo Satanás va a expulsar a Satanás? Un reino donde hay luchas internas no puede subsistir. Y una familia dividida tampoco puede subsistir.

    Por lo tanto, si Satanás se dividió, levantándose contra sí mismo, ya no puede subsistir, sino que ha llegado a su fin. Pero nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y saquear sus bienes, si primero no lo ata. Sólo así podrá saquear la casa.

     Les aseguro que todo será perdonado a los hombres: todos los pecados y cualquier blasfemia que profieran. Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tendrá perdón jamás: es culpable de pecado para siempre».

    Jesús dijo esto porque ellos decían: «Está poseído por un espíritu impuro». Entonces llegaron su madre y sus hermanos y, quedándose afuera, lo mandaron llamar. La multitud estaba sentada alrededor de Jesús, y le dijeron: «Tu madre y tus hermanos te buscan ahí afuera». Él les respondió: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?».

    Y dirigiendo su mirada sobre los que estaban sentados alrededor de él, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos. Porque el que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre». Palabra del Señor.

    Jesús, fuera de los esquemas, hasta para sus parientes. Desde el sur, de Judea, llega una comisión examinadora de teólogos.

    De las colinas de Galilea bajan, en cambio, los suyos, para llevárselo. Parece una maniobra de tenazas contra ese subversivo, ese maestro fuera de regla, fuera de la ley, que ha hecho de Cafarnaúm su cuartel general, de doce hombres que todavía huelen a barca, a redes, a peces, su ejército, y de una palabra que cura su armamento.

    Es la segunda vez que la familia de Jesús baja de Nazaret al lago, y esta vez han traído hasta a la madre; vienen a llevárselo: está fuera de sí, ha enloquecido. Está diciendo y haciendo coas fuera de orden, contra el sentido común, contra la lógica simple de Nazaret: sinagoga, almacén y familia. De la comisión examinadora, Jesús recibe la marca de excomulgado: hijo del diablo.

    Sin embargo, la pedagogía de Jesús, una vez más, encanta: pero él los llamó, llama cerca a los que lo han juzgado desde lejos; habla con los que no se han dignado dirigirle la palabra, explica, busca hacerlos razonar. Inútilmente. Jesús tiene enemigos, lo vemos, pero él no es enemigo de nadie. El es el amigo de la vida. Su madre y sus hermanos, y sus hermanas, permaneciendo afuera lo mandan llamar.

    El Evangelio de Marcos tan concreto y seco, nos pone con los pies en la tierra, después de las grandes fiestas de Pascua, Pentecostés, Santísima Trinidad, Corpus. El Evangelio recomienza desde la casa, de abajo: no esconde, con mucha honestidad, que durante el ministerio público de Jesús, las relaciones con la madre y toda la familia están marcadas por la contraposición y la distancia. Hasta refiere uno de los momentos más dolorosos de la vida de María: ¿Quién es mi madre? Palabras duras que lastiman el corazón, casi un desconocimiento: mujer, ya no te reconozco como mi madre… La única vez que María aparece en el Evangelio de Marcos es imagen de una madre que no comprende al hijo, que no lo favorece. Ella, que pudo generar a Dios, no logra entenderlo cabalmente. La mayor familiaridad no le evitó las mayores incomprensiones.

    Contar con el Mesías como uno de la familia, tenerlo a la mesa, conocer sus gustos, no le hizo menos difícil el camino de la fe. También ella, como nosotros, peregrina de la fe. Jesús no responde a la familia, más bien, querría extender a nivel de la muchedumbre las relaciones cálidas y buenas de la casa, multiplicarlas al infinito, ofrecer una casa a todos, reunir a todos los hijos dispersos: el que hace la voluntad del padre, ese es mi madre, mi hermana, mi hermano…

    Asediado, Jesús no se detiene, no vuelve atrás, prosigue su camino. Mucha multitud y mucha soledad. Pero donde él pasa florece la vida. Y un sueño de maternidad, fraternidad y familiaridad al que no puede renunciar.

    ¡Feliz Domingo!
    ¡Paz y Bien!




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