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    domingo, 17 de junio de 2018

    Dios encierra lo grande en lo pequeño, la eternidad en el instante


    Fr. Arturo Ríos Lara, ofm

    ¡Buenos días, gente buena!
    Domingo XI Ordinario B

    Marcos 4, 26-34:
     Jesús decía a sus discípulos: «El Reino de Dios es como un hombre que echa la semilla en la tierra: sea que duerma o se levante, de noche y de día, la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra por sí misma produce primero un tallo, luego una espiga, y al fin grano abundante en la espiga. Cuando el fruto está a punto, él aplica en seguida la hoz, porque ha llegado el tiempo de la cosecha».

    También decía: «¿Con qué podríamos comparar el Reino de Dios? ¿Qué parábola nos servirá para representarlo? Se parece a un grano de mostaza. Cuando se la siembra, es la más pequeña de todas las semillas de la tierra, pero, una vez sembrada, crece y llega a ser la más grande de todas las hortalizas, y extiende tanto sus ramas que los pájaros del cielo se cobijan a su sombra».

    Y con muchas parábolas como éstas les anunciaba la Palabra, en la medida en que ellos podían comprender. No les hablaba sino en parábolas, pero a sus propios discípulos, en privado, les explicaba todo. Palabra del Señor.

     Dios encierra lo grande en lo pequeño, la eternidad en el instante. Jesús, narrador de parábolas, escoge siempre palabras de casa, de huerto, de lago, de camino: palabras de todos los días, directas e inmediatas, corrientes. Cuenta historias de vida y las convierte en historias de Dios, y así llega a todos y los lleva la escuela de las plantas, de la mostaza, de la rama de hierba, porque las leyes del espíritu y las leyes profundas de la naturaleza coinciden; las que rigen el Reino de Dios y las que alimentan la vida de los vivientes son las mismas. Lo real y lo espiritual coinciden.

    Sucede en el Reino lo que sucede en la vida profunda de todo ser. Hay un poder desconocido y divino que está actuando, incansable, que no depende de ti, que no debes forzar sino esperar con confianza. Jesús tiene está hermosísima visión del mundo, de la tierra, del hombre, al mismo tiempo imagen de Dios, de la Palabra y del reino: todo está en camino, un río de vida que corre y no se detiene. Todo el mundo está encaminado, con su ritmo misterioso, hacia el florecer y el dar frutos. El paradigma de la plenitud rige nuestra fe. Frutos confiables, abundantes. Gozo de la cosecha. Sueños de pan y de paz. Todo positivo.

    El terreno produce por sí, por energía y armonía propias: está en lo natural de la naturaleza el ser don, ser crecimiento. Está en la naturaleza de Dios. Y también del hombre. Dios actúa de modo positivo, confiado, solar; no por sustracción, nunca, sino siempre por adición, sumando, incremento de vida. Con la actitud determinante de la confianza. El terreno produce espontáneamente. La semilla no hace ningún esfuerzo. La luciérnaga no debe esforzarse por dar luz si está encendida; la sal no hace ningún esfuerzo para dar sabor a los alimentos. El dar está en su naturaleza. Es la ley de la vida: para estar bien también el hombre debe dar.

    Cuando el fruto está maduro se da, se entrega, expresión inusual y bellísima, que refiere la misma palabra con la que Jesús se entrega a su pasión. Y recuerda que el hombre es maduro cuando, como efecto de una vida exacta y armoniosa, está listo para darse, para entregarse, para convertirse también él en un pedazo de pan bueno para el hambre de alguno. En las parábolas, el Reino de Dios es presentado como un contraste: no una confrontación apocalíptica sino más bien un contraste de crecimiento, de vida.

    Dios viene como un contraste vital, como una dinámica que se establece en el centro, un subir, un evolucionar, siempre hacia mayor y más vida. Cuando Dios entra en acción, todo entra en una dinámica de crecimiento, aunque parta de semillas pequeñísimas: Dios ama encerrar lo grande en lo pequeño: el universo en el átomo, el árbol en la semilla, el hombre en el embrión, la mariposa en la oruga, la eternidad en el instante, el amor en un corazón y el mismo en nosotros.
     ¡Feliz Domingo!
    ¡Paz y Bien! 




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    Articulo Revisado: Dios encierra lo grande en lo pequeño, la eternidad en el instante Calificacion: 5 Revisado por: Fr. Arturo Ríos Lara
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